sábado, 10 de abril de 2010

Agua


Conversación sorda
Camino firme hacia el horizonte
Quemado, con cien años de ansiedad
Sueños por cumplir, morir por ti

Agua para tu sed
No quiero mirar atrás,
El mundo no debe verme llorar

Camino, negro mar eterno
Cosas feas
Mejor callar
Abrir la boca y no poder hablar

Mi interior está disponible
Asómate y descubre
Describe lo que vés, cuéntalo

Agua para tu sed
Mi vida a tus pies, una vez mas

En el rincón


Encerrado en mi, vuelvo a recordar
un tiempo sin sueño
compartir tu vivir y tu morir
No me faltes ni un solo momento
no quiero un adiós
No te marches, espero en el rincón
De tu corazón
Decepción y desilusión
Debo continuar
Sabes que estoy para escuchar tu voz
Amigo y servidor
Desespero y por ello muero un poco más
Dónde estás
Desespero de nuevo

Quevedo Genial



Quevedo (atribuido)
Piojos cría el cabello más dorado,
lagañas hace el ojo más vistoso,
en la nariz del rostro más hermoso
el asqueroso moco está enredado.
La boca del clavel más encarnado
tal vez regüelda a hálito fatigoso,
y la mano más blanca es muy forzoso
que al culo de su dueño haya llegado.
El mejor papo de la dama mea
y [a] dos dedos del culo vive y mora,
y cuando aquesta caga, es mierda pura.
Esto tiene la hermosa y más la fea,
veis aquí el muladar que os enamora,
cágome en el Amor y en su hermosura.

Análisis del Artículo de Larra por Licenciado Vidriera




EL MUNDO TODO ES MÁSCARAS. TODO EL AÑO ES CARNAVAL

Publicado el 14 de marzo de 1833, pertenece a la primera época del Larra articulista y eso se percibe tanto en el contenido como en la forma y en el lenguaje utilizado. Este artículo es uno de los últimos publicados en El Pobrecito Hablador, pues cesa dicha publicación en marzo de ese mismo año, meses después que comenzara Larra a escribir para La Revista Española. El artículo está firmado como El Bachiller, Juan Pérez de Munguía, pseudónimo utilizado por Larra durante este período.

Larra como crítico teatral fue seguidor de Moratín y lo manifiesta con la frase de encabezamiento, ¿Qué gente anda allí arriba, que anda tal estrépito? ¿Son locos?

Utiliza Larra en este artículo un estilo más cercano al público, con tintes costumbristas y con poco de política. Sencillamente critica de manera irónica y fina a la sociedad en la que él se ve envuelto. El Bachiller, Juan Pérez de Munguía es un hombre que sale de un pueblo retrasado culturalmente y que ha tenido acceso a la cultura y es por ello que se revela contra la sociedad.
La temática de este artículo puede ser extrapolado a cualquier momento de la historia, pues la hipocresía de la gente ha sido tratado por escritores en toda la literatura universal.


Clavileño es un caballo que aparece en el capítulo XLI (41) de la segunda parte del Quijote. Es un caballo que llega con retraso lo que produce una impaciencia en don Quijote. La misma impaciencia que experimenta el Bachiller camino de la fiesta, pero no por deseos de llegar, sino por las circunstancias en que acude al baile de máscaras.

A parte de la falsedad que envuelve a cualquier ser racional, otros temas son tratados en el artículo:

El oficio de escritor: Larra se siente escritor, o mejor dicho, profesional de la escritura, escribe artículos por los que es bien pagado. Al comienzo del artículo que nos ocupa, lo admite: el Bachiller se encuentra envuelto en un sinfín de reflexiones para poder plasmarlo por escrito (203) Unamuno, que sentía al parecer poca simpatía por Larra, hablaba de “su oficio de escritor”, del profesional de la literatura.

La mordacidad de Larra está presente en cada uno de sus artículos, tal es así que incluso un personaje de Galdós amonestaba: “Cuidadito con Larra que tiene más talento que pesa; pero es mordaz y malicioso”. Igual que a Galdós le sirvió la sociedad para novelarla, a Larra le sirvió para censurarla de manera brillante e irónica.

La sociedad del siglo XIX: Si bien es cierto que el artículo deja patente la hipocresía que envuelve a la sociedad que le tocó vivir, también es cierto que esa hipocresía no es característica de una época, el XIX, sino de muchas. Por ello debemos entender esta crítica como algo más genérico y muy recurrente en la literatura universal. El caso de El Criticón de Gracián, donde el engaño a los ojos estará presente a lo largo de toda la obra, Andrenio representará al hombre común que se deja engañar por la apariencias y Critilo representa al hombre juicioso, que elige con cautela. El Criticón muestra la estructura literaria de Maestro-discípulo, el uno enseña y el otro aprende.

El engaño a los ojos en la literatura: Parece obvio que el engaño a los ojos es un motivo literario muy recurrente. En la literatura los personajes pueden engañar, aceptar el engaño y descubrir el engaño. Lectura de textos en relación con ello.

Mundo y confusión: Accede al baile de máscaras el Bachiller donde reina ya la primera confusión de los elementos, en el salón se advierte la confusión de sensaciones encontradas en un baile de máscaras, donde las palabras se confunden con la voces.

Lo onírico y la muerte: cuando el protagonista fatigado y momentáneamente apartado del enjambre de máscaras se duerme en un rincón, y tanto el sueño como el ayuno le acercan a una redoma mágica (vasija), de la que en medio de un torrente de luz aparece Asmodeo y le muestra tipos que son bien conocidos en la literatura revelando su verdadero envés. La vejez vergonzante, las viejas y sus afeites engañadores, el médico y el picapleitos, el militar fanfarrón y embustero. Larra por tanto toma el sueño y lo convierte en la ensoñación de Vélez de Guevara por medio de Asmodeo, que es propiamente Ceoflás en la novela española.

Participación de Asmodeo como la quintaesencia del artículo: Todo el año es carnaval mantiene Asmodeo, ya que todo anda encubierto, meramente simulado o al revés. Asmodeo anticipa a Larra su última lección desengañada: que todo Madrid es un cementerio y que el cementerio más próximo es su propio corazón.

Gran comedia: La Gran Comedida representada por todos resulta transparente y se añade un aliño sentimental que consiste en decirnos que la representación no admite jerarquía de papeles ni firmeza, pues se representa precisamente aquello que no es.

El mundo todo es máscaras. Todo el año es carnaval(M.J. de Larra)




El Bachiller, Juan Pérez de Munguía se encuentra envuelto en su profesión de “escritor”, divagando y reflexionando sobre qué escribir, tarea nada fácil. Vuelta para un lado, vuelta para otro. De este modo y por el cansancio que dichas divagaciones le proporcionan, el Bachiller tiene a bien meterse en la cama a esperar a que la inspiración le haga una visita. La inspiración no llega pero lo que sí llega es su amigo que lo intenta rescatar de su cómoda postura para acudir a “las máscaras”. No sin dificultad consiguen llegar a donde tiene lugar la fiesta, que la variedad de gentes y de dominós es infinita, lo que proporciona una gran inspiración al Bachiller. La descripción de los personajes está repleta de fina ironía y de un uso del lenguaje superior, especialmente para poner de manifiesto la edad de alguno de invitados a esa fiesta. (205).
La descripción de la habitación donde tiene lugar la fiesta también se encuentra llena de ironía, por lo pequeña que ésta es: (206). Una máscara se le aproxima (metonimia) para decirle que su amante, Paquita, se encuentra en la fiesta, pero también su marido. Mal negocio. Pone de manifiesto la infidelidad como modalidad de engaño en un mundo de máscaras, aunque el dominó de el Bachiller es el mismo que el de los amantes que asisten a la fiesta, vaya fastidio, todo el mundo se dirige a él equivocadamente. El bachiller es capaz incluso de seguir la broma pues ello le divierte, y así se lo hace saber al lector, interpelándolo y haciéndole partícipe de tan gran diversión. (208)
Después de momentos tan hilarantes abandona el Bachiller la fiesta dejando atrás capa, amantes y confusión. Pues bien, reflexionando Juan Pérez sobre lo que había acontecido en dicho baile de disfraces, donde reinaba la confusión, cae en la cuenta e insta a sus lectores que reparen en que la verdadera falsedad no está en las caretas de cartón bien confeccionadas sino en la hipocresía de don Braulio o el engaño que esconde el rostro angelical de doña Julianita, quien no tiene piedad con sus pretendientes. El hombre amable y cortés es en realidad un grosero y un tirano con aquella que entregue su corazón a él. Más pérfida que su careta, es su cara.
Tanto trajín y movimiento había provocado en el Bachiller un hambre irresistible y cuando se decide a sentarse a cenar con su amigo, el sitio no era el mas apropiado pues pululaban por el local un sinfín de jóvenes con sus máscaras puestas. Después de la mediocre cena vuelven al baile y debido al cansancio se apoya en una esquina y se queda dormido. En ese momento el Bachiller comienza a soñar, inicia un viaje de la mano de Asmodeo, héroe del Diablo Cojuelo, quien le revela que el carnaval se da todo el año. Suspendido en el aire divisa Madrid y la gente que en él habita, un joven, una mujer, un abogado, el médico que atiende al moribundo, los novios que se prometen fidelidad, un militar: todo falsedad.
Asmodeo y el Bachiller se dan un paseo por el teatro, lugar donde las máscaras no existen. Divisan un decorado con la salida de los actores, intérpretes de viejos personajes griegos.
Repentinamente el Bachiller despierta en la fiesta de disfraces y vuelve en sí reclamando a voces la presencia de Asmodeo, los invitados congregados junto a él. Se encuentra hambriento y reconoce que todo el año es carnaval.

lunes, 15 de marzo de 2010

Miguel Delibes

"Al palpar la cercanía de la muerte, vuelves los ojos a tu interior y no encuentras más que banalidad, porque los vivos, comparados con los muertos, resultamos insoportablemente banales."

miércoles, 3 de marzo de 2010

Por qué leer los Clásicos


POR QUÉ LEER LOS CLÁSICOS



1.- Los clásicos son esos libros de los cuales suele oírse decir: estoy releyendo, y nunca, estoy leyendo.
Esto no vale para la juventud, edad en la que el encuentro con el mundo, y con los clásicos como parte del mundo, vale exactamente como primer encuentro. El prefijo iterativo delante del verbo leer puede ser una pequeña hipocresía de todos los que se avergüenzan de admitir que no han leído un libro famoso. Para tranquilizarlos bastará señalar que por vastas que puedan ser las lecturas de formación de un individuo, siempre queda un número enorme de obras fundamentales que uno no ha leído. Quien haya leído todo Heródoto y todo Tucídices que levante la mano (…)

2.- Se llama clásicos a los libros que constituyen una riqueza para quien los ha leído y amado, pero constituyen una riqueza no menor para quien se reserva la suerte de leerlos por primera vez en las mejores condiciones para saborearlos.
En realidad las lecturas de juventud pueden ser poco provechosas por impaciencia, distracción, inexperiencia en cuanto a las instrucciones de uso, inexperiencia de la vida. Pueden ser (tal vez al mismo tiempo) formativas en el sentido de que dan una forma a la experiencia futura, proporcionando modelos, contenidos, términos de comparación, esquemas de clasificación, escalas de valores, paradigmas de belleza: cosas todas ellas que siguen actuando, aunque del libro leído en la juventud poco o nada se recuerde. (…) Hay en la obra una fuerza especial que consigue hacerse olvidar como tal pero que deja su simiente. (..)

3.- Los clásicos son libros que ejercen una influencia particular ya sea cuando se imponen por inolvidables, ya sea cuando se esconden en los pliegues de la memoria mimetizándose con el inconsciente colectivo o individual.
Por eso en la vida adulta debería haber un tiempo dedicado a repetir las lecturas más importantes de la juventud. Si los libros siguen siendo los mismos (aunque también ellos cambian a la luz de una perspectiva histórica que se ha transformado), sin duda nosotros hemos cambiado y el encuentro es un acontecimiento totalmente nuevo (…)

4.- Toda relectura de un clásico es una lectura de descubrimiento como la primera.
5.- Toda lectura de un clásico es en realidad un relectura.
6.- Un clásico es un libro que nunca termina de decir lo que tiene que decir.
7.- Los clásicos son esos libros que nos llegan trayendo la impresa la huella de las lecturas que han precedido a la nuestra, y tras de sí la huella que han dejado en la cultura o en las culturas que han atravesado (o más sencillamente, en el lenguaje o en las costumbres).

Esto vale tanto para los clásicos antiguos como para los modernos. Si leo la Odisea leo el texto de Homero, pero no puedo olvidar todo lo que las aventuras de Ulises han llegado a significar a través de los siglos, y no puedo dejar de preguntarme si esos significados estaban implícitos en el texto o si son incrustaciones o deformaciones o dilataciones (…) La lectura de un clásico debe depararnos cierta sorpresa en relación con la imagen que de él teníamos. Por eso nunca se recomendará bastante la lectura directa de los textos originales evitando en lo posible bibliografía crítica, comentarios, interpretaciones. La escuela y la universidad deberían servir para hacernos entender que ningún libro que hable de un libro dice más que el libro en cuestión; en cambio hacen todo lo posible para que se crea lo contrario. Por una inversión de valores muy difundida, la introducción, el aparato crítico, la bibliografía hacen las veces de cortina de humo para esconder lo que el texto tiene que decir y que sólo puede decir si se lo deja hablar sin intermediarios que pretendan saber más que él.

8.- Un clásico es un obra que suscita un incesante polvillo de discursos críticos, pero que la obra se sacude continuamente de encima.
El clásico no nos enseña necesariamente algo que no sabíamos; a veces descubrimos en él algo que siempre habíamos sabido (o creído saber) pero no sabíamos que él había sido el primero en decirlo (…)

9.- Los clásicos son libros que cuanto más cree uno conocerlos de oídas, tanto más nuevos, inesperados, inéditos resultan al leerlos de verdad.
Naturalmente esto ocurre cuando un clásico funciona como tal, eso es, cuando establece una relación personal con quien lo lee. Si no salta la chispa no hay nada que hacer. No se leen los clásicos por deber o por respeto, sino sólo por amor. Salvo en la escuela: la escuela debe hacerte conocer bien o mal cierto número de clásicos entre los cuales podrás conocer después “tus” clásicos. La escuela está obligada a darte instrumentos para efectuar una elección; pero las elecciones que cuentan son las que ocurren fuera o después de cualquier escuela. Sólo las lecturas desinteresadas puede suceder que te tropieces con el libro que llegará a ser tu libro.
Conozco a un excelente historiador del arte, hombre de vastísimas lecturas, que entre todos los libros ha concentrado su predilección más honda en Las aventuras de Pickwick, y con cualquier pretexto cita frases del libro de Dickens, y cada hecho de la vida lo asocia con episodios pickwickianos. El universo, la verdadera filosofía han adoptado la forma de Las aventuras de Pickwick en una identificación absoluta.

10.- Llámese clásico a un libro que se configura como equivalente del universo, a semejanza de los antiguos talismanes.
Con esta definición nos acercamos a la idea del libro total, como lo soñaba Mallarmé (…)

11.- Tu clásico es aquel que no puede serte indiferente y que te sirve para definirte a ti mismo en relación y quizás en contraste con él.
(…) Lo que para mi distingue al clásico es tal vez sólo un efecto de resonancia que vale tanto para una obra antigua como para una moderna pero ya ubicada en una continuidad cultural.

12.- Un clásico es un libro que está antes que otros clásico; pero quien haya leído primero los otros y después lee aquél, reconoce enseguida su lugar en la genealogía.
(…) <<¿Por qué leer los clásicos en vez de concentrarse en lecturas que nos hagan entender más a fondo nuestro tiempo?>> y <<¿Dónde encontrar el tiempo y la disponibilidad de la mente para leer los clásicos, excedidos como estamos por el alud de papel impreso de la actualidad>>? Claro que se puede imaginar una persona afortunada que dedique exclusivamente el “tiempo-lectura” de sus días a leer a Lucrecia, Luciano, Montaigne, Erasmo, Quevedo, Marlowe, Coleridge, Ruskin, Proust y Valéry. (…) todo esto sin tener que hacer reseñas de la última reedición, ni publicaciones para unas oposiciones, ni trabajos editoriales con contrato de vencimiento inminente. Para mantener su dieta sin ninguna contaminación, esa afortunada persona tendría que abstenerse de leer los periódicos, no dejarse tentar jamás por la última novela o la última encuesta sociológica. Habría que ver hasta qué punto sería justo y provechoso semejante rigorismo. La actualidad puede ser trivial y mortificante, pero sin embargo es siempre el punto donde hemos de situarnos para mirar hacia adelante o hacia atrás. Para poder leer los libros clásicos hay que establecer desde donde se los lee. De lo contrario tanto el libro como el lector se pierden en una nube intemporal. Así pues, el máximo “rendimiento” de la lectura de los clásicos lo obtiene quien sabe alternarlas con una sabia dosificación de la lectura de la actualidad. (…)

13.- Es clásico lo que tiende a relegar la actualidad a la categoría de ruido de fondo, pero al mismo tiempo no puede prescindir de ese ruido d fondo.
14.- Es clásico lo que persiste como ruido de fondo incluso allí donde la actualidad más incompatible se impone.

Queda el hecho de que leer los clásicos parece estar en contradicción con nuestro ritmo de vida, que no conoce los tiempos largos, la respiración del otium humanístico, y también en contradicción con el eclecticismo de nuestra cultura, que nunca sabría confeccionar un catálogo de los clásicos que convenga a nuestra situación.
Los viejos títulos han sido diezmados pero los novísimos se han multiplicado proliferando en todas las literaturas y culturas modernas. No queda más que inventarse cada uno una biblioteca ideal de sus clásicos; y yo diría que esa biblioteca debería comprender por partes iguales los libros que nos proponemos leer y presuponemos que van a contar para nosotros. Dejando una sección vacía para las sorpresas, los descubrimientos ocasionales. (…)
Ahora debería reescribir todo el artículo para que resultara bien claro que los clásicos sirven para entender quiénes somos y adónde hemos llegado. Después tendría que reescribirlo una vez más para que no se crea que los clásicos se han de leer porque <> para algo. La única razón que se puede aducir es que leer a los clásicos es mejor que no leer a los clásicos.


Nota: Texto extraído en su totalidad del libro “Por qué leer los clásicos”, Italo Calvino, Siruela 2009. ISBN 9788498413106