jueves, 26 de noviembre de 2009

"El Criticón", Baltasar Gracián


BALTASAR GRACIÁN “EL CRITICÓN”

Divisábase ya la gran ciudad por los humos, vulgar señal de habitación humana, en que todo se resuelve. Tenía extremada apariencia, y mejor, cuanto más de lejos. Era increíble el concurso que de todas las provincias y a todos tiempos acudían a aquel paradero de todos, levantando espesas nubes de polvo que quitaban la vista. Cuando llegaron a ella, hallaron que lo que parecía clara por fuera, era confusa dentro; ninguna calle había derecha ni despejada: modelo de laberintos y centro de minotauros.
Fue a meter el pie el arrojado Andrenio y diole un grito Critilo:
- ¡Abre los ojos primero, los interiores digo, y por que adviertas donde entras, mira!
Bajóse a tierra, escarbando en ella, descubrió lazos y más lazos de mil maneras, hasta hilos de oro y de rubios cabellos; de suerte que todo el suelo estaba sembrado de trampas encubiertas.
- Nota -le dijo- dónde y cómo entras; considera a cada paso que dieres dónde pones el pie y procura asentarlo. No te apartes un punto de mi lado si no quieres perderte. Nada te creas de cuanto te dijeren, nada concedas de cuanto te pidieren, nada hagas de cuanto te mandaren. Y en fe desta lición, echemos por esta calle, que es la del callar y ver para vivir.

El texto que nos presenta Gracián está íntimamente ligado al mundo de la corte. Una corte ubicada en “la gran ciudad” a la que el narrador hace mención al comienzo del fragmento. La visión de un experimentado Critilo, cuyo sentido común le lleva por un camino más seguro hacia la ansiada felicidad se contrapone a la del joven Andrenio, ser incauto e inexperto, susceptible de ser engañado por un espejismo que a la vista se le presenta como atractivo.
Sobradamente comprobado parece el hecho de que Gracián se incline por la elección de ciertos términos que nos ayudarán a configurar una idea clara de lo que la ciudad representa. Los humos parecen implicar bullicio, muchedumbre, trasiego pero a la vez nos inducen a pensar en algo turbio, poco claro, de espesura infranqueable. Lo capcioso se entremezcla con la realidad, una realidad que está lejos del alcance del joven Andrenio. Ese humo es una señal, una señal vulgar de una habitación humana. Reduce el autor esa gran ciudad a una simple habitación humana donde la acción tiene lugar y se desarrolla vulgarmente. Con el espeso polvo que levantan las gentes que a la ciudad acuden, de nuevo deja claro la idea de turbiedad lo que obliga a estar atento, nada es lo que parece. Apelemos a la experiencia y al sentido común, que el juicio sea nuestro guía.
Las calles bulliciosas, llenas de gente que acude a la ciudad en busca de fama, de dinero, en busca de posibilidades para medrar en la corte. Una ciudad que se convierte en la quintaesencia del éxito. En boca de Critilo, debemos abrir los ojos pero no los de la cara, sino los del alma, esos ojos que pueden ver más allá del engaño y que nos conducirán al propio desengaño. Sólo esta actitud juiciosa ayudará a Andrenio, y por ende al lector, a distinguir lo verdadero de lo falso.
Lejos de la claridad que por fuera emana la ciudad, todo es oscuro en su interior, y utiliza Gracián una excelente metáfora que retrotrae al lector a la mitología griega: el laberinto del minotauro cuyas calles se asemejan a las que en la ciudad hallamos.
Gran apariencia la de la ciudad y mejor se hallará el lector, cuanto más lejos de ella se encuentre. Nido de mentiras, de falsas imágenes que nos conducirán al abismo.
Critilo avisa con tono moralizante al joven Andrenio: nada es lo que parece y por ello advierte donde entras, le dice. Bajo hilos y cabellos de oro puede estar la peor de las trampas y ése no es el camino que te conducirá hasta la Felicidad. Una vez más, Critilo adopta el papel de mentor moralizador de corte senequista, lo asume y consciente de la juventud de Andrenio, le advierte permanentemente de los engaños que las apariencias portan, le insta a que permanezca junto a él en la aventura de “la ciudad”.
Es Critilo el primero en percibir ese vaivén de intereses que se entrecruzan en la sociedad urbanita en la que están a punto de entrar. Un contexto social donde el dinero y la fama son la razón de todo y que Critilo, debido a su experiencia ya ha conocido.
En pocas palabras Critilo pone de manifiesto que la razón y el buen juicio debe ser nuestro guía. Sólo la experiencia y el desengaño nos conducirán hacia la Felicidad. Por ello, teniendo en cuenta esta lección ambos protagonistas, el incauto y el juicioso, se echan por la calle del callar y ver para vivir.

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